Como águilas

 

    Podía estar volando por las alturas del cielo y aquí está, como una gallina. Platón diría que está tocada del ala. Y así es, en efecto, es un águila pecadora. Desde el pecado original y con nuestros pecados personales, todos somos "el águila pecadora encerrada en una jaula".
    Dios-Jesucristo se hizo hombre, padeció y murió en la Cruz, para abrirnos la puerta de la jaula y que podamos volar libres hasta el cielo. Pero, como ha dicho D. Ramón, en la homilía del domingo: Dios no nos salva si nosotros no queremos.
    Es decir, tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados. El arrepentimiento, para entendernos, lleva consigo estos pasos: examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia.
    La Iglesia, que es Madre, quiere que nos confesemos y comulguemos por lo menos una vez al año, preferentemente por Pascua. No parece mucho pedir.

Comentarios

  1. El pecado original o ancestral se refiere al pecado de Adán y Eva al comer del "árbol del conocimiento del bien y del mal" y sus efectos recaen sobre el resto de los humanos. Puede definirse como el pecado que todos poseemos ante los ojos de Dios al nacer, pero es borrado tras el bautismo, que es como un segundo nacimiento.
    La iglesia en su segundo mandamiento, "Confesar los pecados mortales, al menos 1 vez al año, en peligro de muerte o si se ha de comulgar", nos permite confesarnos para eliminar los pecados. Para realizarla, contamos nuestros pecados al sacerdote que actúa en la persona de Cristo y con la autoridad de Jesús para escuchar, ofrece orientación y una penitencia adecuada.

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